El marzo eterno: agobio docente, clientelismo y mercado educativo (lo que nadie quiere decir)
Y, sin embargo, marzo también trae algo que el sistema no alcanza a mercantilizar: la alegría del reencuentro. El saludo en la reja, el abrazo contenido, la broma de pasillo, la mirada cómplice entre docentes, estudiantes y asistentes de la educación. Hay una energía comunitaria que vuelve, una memoria afectiva que se activa, una sensación de “aquí estamos de nuevo” que sostiene a la escuela incluso cuando todo alrededor la empuja a funcionar como empresa. Esa alegría no niega el agobio; lo vuelve más evidente: muestra que lo que la comunidad necesita no es sobrevivir, sino tener condiciones para educar con dignidad.
Arnoldo Macker Aburto. Profesor. Santiago. 4/3/2026. Hay un marzo que existe en Chile. No es solo la vuelta a clases: es la temporada en que el sistema se reajusta a sí mismo, bajo presión de quienes viven de un salario, y ese remezón se observa con claridad sobre los cuerpos y las rutinas de las comunidades escolares. Marzo llega con listas, sí, pero también con recortes de dotación docentes y asistentes de la educación, con rotación de profesoras y profesores, con urgencias, con silencios. Un mes que parece comienzo, pero que en educación, dentro de este sistema, se parece demasiado a la repetición de un ciclo antiguo y permanente.
Y, sin embargo, marzo también trae algo que el sistema no alcanza a mercantilizar: la alegría del reencuentro. El saludo en la reja, el abrazo contenido, la broma de pasillo, la mirada cómplice entre docentes, estudiantes y asistentes de la educación. Hay una energía comunitaria que vuelve, una memoria afectiva que se activa, una sensación de “aquí estamos de nuevo” que sostiene a la escuela incluso cuando todo alrededor la empuja a funcionar como empresa. Esa alegría no niega el agobio; lo vuelve más evidente: muestra que lo que la comunidad necesita no es sobrevivir, sino tener condiciones para educar con dignidad.
Marzo no distingue sostenedor. Es el espacio en que convergen todos: DAEM y DEM, los SLEP, los particulares subvencionados y los particulares pagados. Porque lo que ordena este inicio de año no es el nombre administrativo, sino una misma racionalidad: el castigo del mercado. Allí donde la matrícula se mueve como premio o castigo, donde el financiamiento tiembla con la asistencia, donde la escuela compite por sobrevivir, el remezón cae sobre la dotación, la continuidad pedagógica y la convivencia. Y cuando no hay proyecto país cuando la educación no está protegida como misión pública y horizonte común ese remezón se vuelve regla: la escuela deja de planificar y vuelve, año tras año, a sobrevivir. Por eso este marzo se repite con gobiernos de derecha e izquierda: no depende solo de voluntades, depende de una estructura que depreda, normaliza el ajuste y convierte a la comunidad escolar en variable de reordenamiento.
El discurso oficial insiste en que el inicio de clases es un desafío organizativo. Pero en la vida real, para la que camina por los pasillos y se sienta en la sala de profesores, marzo se parece más a una prueba de resistencia: horarios que se rearman a última hora, cursos que cambian de profesor, reemplazos eternos, cargas que se redistribuyen como castigo, y una presión por funcionar aunque el edificio humano esté incompleto. No es simple estrés laboral: es la consecuencia lógica de un sistema diseñado para que la escuela compita y se ajuste como empresa.
En ese marzo eterno hay una escena que Chile normalizó: profesoras y profesores que pierden su trabajo. No por falta de mérito, ni porque la escuela no los necesite, sino por la lógica del ajuste. La matrícula baja, el financiamiento tiembla y la dotación se corta como si la educación fuese un balance. Y así, cada año, el sistema se reordena expulsando docentes, rompiendo continuidad pedagógica, y enseñándole a los estudiantes una lección silenciosa: que incluso quien educa es reemplazable.
Y aquí aparece un tema que se evita nombrar en voz alta: el clientelismo. No el clientelismo caricaturesco, sino el cotidiano, el que se mete por las rendijas y ordena el poder. Cuando la asignación de horas, funciones y confianzas depende más de lealtades, favores o cercanías que de criterios pedagógicos y transparencia, se rompe la comunidad. Se instala un clima de miedo a hablar, de cuidado individual, de no te metas, de sobrevivencia personal. En ese ambiente, marzo no solo es difícil por la gestión; es difícil porque la convivencia laboral ya viene fracturada antes de comenzar.
Las y los estudiantes, por su parte, se acostumbran. Se acostumbran al cambio de docentes, al profesor que llega y se va, a la asignatura que se ordenará después, a la promesa de estabilidad que nunca llega. Pero acostumbrarse no es adaptarse bien: es aprender a no esperar demasiado. Y cuando una generación aprende temprano a no esperar continuidad, también aprende a relativizar el vínculo con la escuela: normaliza el aprendizaje como trámite, naturaliza que el o la docente que se va será reemplazado sin más, y termina incorporando sin nombrarla la cultura del consumo, esa idea de que todo es desechable, incluso quienes enseñan.
La rotación docente no es solo un problema laboral: es un problema educativo profundo, porque el aprendizaje también se construye con tiempo, vínculo y proyecto de aula.
Y cuando ese marzo eterno se instala, la convivencia escolar no queda intacta: se resiente en cadena. La convivencia no se sostiene solo con reglamentos; se sostiene con continuidad, confianza y rutinas compartidas. Pero si el curso cambia de profesora o profesor, si la dupla psicosocial llega tarde o se recorta, si inspectoría está desbordada y el equipo docente trabaja con la sensación de provisoriedad, la escuela pierde su capacidad preventiva. La comunidad entra en modo reactivo: se apagan incendios, se corre detrás del conflicto, y se confunde convivencia con control.
En ese escenario, la violencia y el malestar no nacen de la nada: crecen cuando falta vínculo, cuando sobra estrés y cuando los adultos tampoco están cohesionados. Si además el clientelismo opera como poder informal favores, silencios, decisiones opacas la convivencia laboral se enrarece, aparecen bandos, miedo a hablar, y el estudiantado aprende la lección más rápida: que la norma no siempre es justicia, y que la fuerza del sistema no está en el cuidado sino en la jerarquía. Así, la convivencia se burocratiza, se llena de protocolos y registros, pero se vacía de tiempo real para acompañar, mediar y reparar. Y la escuela, en vez de ser comunidad, corre el riesgo de convertirse en un espacio de administración del conflicto.
Y aquí tocamos el punto más hondo: la falta de proyecto país. Cuando no existe un horizonte compartido, cuando la sociedad no entrega un relato que haga sentido, esa incertidumbre entra a la escuela como clima y como cultura. El futuro incierto se refleja en el aula: estudiantes que preguntan ¿para qué?, docentes agotados de sostener esperanza con recursos mínimos, comunidades que sobreviven sin convicción de destino. Una escuela sin proyecto mayor se vuelve un espacio que administra el día, no un espacio que construye futuro.
En cuarto medio, además, la PAES instala temprano la presión y la competencia. No porque evaluar sea ilegítimo, sino porque en un sistema mercantil la evaluación de alto impacto no cae en terreno neutro: cae sobre escuelas que compiten por matrícula, por resultados, por reputación. Entonces la presión no es solo individual: se vuelve institucional. Se estrecha el currículum, se intensifica la comparación, se instala la ansiedad como motor, y el valor de un estudiante se arriesga a quedar reducido a puntaje. Bajo esa lógica, el cuarto medio se transforma en entrenamiento, y la escuela deja de ser comunidad para volverse vitrina.
Pero esta presión no empieza en cuarto. Antes, el SIMCE ya ha instalado la cultura del ranking. Aunque se presente como medición diagnóstica, su efecto real en un ecosistema competitivo es otro: convierte a la escuela en cifra, al aprendizaje en indicador y al proyecto educativo en rendimiento comparado. El SIMCE opera como señal pública explícita o implícita que ordena reputaciones, alimenta la competencia y termina empujando a muchas comunidades a estrechar su currículum, priorizar “lo medible” y relegar aquello que también educa: artes, ciudadanía, pensamiento crítico, convivencia, formación ética. En un mercado educativo, el SIMCE no queda en el informe: se traduce en matrícula, y la matrícula en supervivencia.
Todo esto alimenta el mismo fenómeno: la depredación de matrícula. La matrícula se mueve como botín y las escuelas quedan en modo defensa permanente. Defenderse implica hacer campaña, improvisar, prometer, ajustar. Y cuando la escuela se defiende, pierde tiempo para lo esencial: enseñar, cuidar, formar, construir convivencia, desarrollar ciudadanía. La depredación suma y sigue, y con ella suma y sigue el marzo eterno: el de la urgencia, el del ajuste, el de la rotación, el de la tensión interna.
Algunos dicen basta, pero no son capaces de desnudar la estructura del sistema que provoca esto. Decir “basta” suena fuerte, pero si no se nombra el mecanismo, el basta queda como desahogo moral y el sistema sigue intacto. Porque este marzo eterno no es mala suerte: es diseño. Se llama mercantilización de la educación, se llama financiamiento que castiga la estabilidad, se llama clientelismo como forma de control interno, se llama evaluación de alto impacto funcionando dentro de un mercado. Y mientras esa estructura no se desnude, seguiremos repitiendo el mismo ritual: iniciar el año con discursos de esperanza sobre un piso de precariedad.
Chile lleva demasiado tiempo aceptando este marzo como normal. Y eso es lo más grave: la normalización de lo inaceptable. Porque un sistema que obliga a iniciar el año con agobio estructural, cesantía cíclica, rotación de docentes y ajustes permanentes no está fallando por accidente: está funcionando según su diseño.
Pero aquí el punto decisivo no es ideológico. Es ético. Cuando un sistema normaliza que cada marzo se recorten dotaciones, se pierdan trabajos, se rompan vínculos pedagógicos y se reorganice la escuela como si fuese una empresa, lo que está en juego no es solo eficiencia: es dignidad. La educación no puede sostenerse sobre la precariedad de quienes enseñan ni sobre la inestabilidad de quienes aprenden. Y cuando la matrícula manda más que el derecho, cuando el ajuste pesa más que la continuidad, cuando el silencio vale más que la transparencia, el sistema funciona sin justicia.
Por eso decir basta no alcanza si no se nombra la estructura. El desafío es trasformar la educación, para que no trate a sus comunidades como variables de reordenamiento anual, sino como sujetos de derecho. Porque si marzo sigue siendo el mes del ajuste y la rotación, entonces no estamos empezando el año escolar: estamos repitiendo, una vez más, el mismo ciclo antiguo y permanente.
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