Desde la izquierda y el progresismo “hay un déficit de articulación narrativa, no necesariamente de ideas”

Así lo indicó el Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Álvaro Ramis, quien subrayó que en el contexto de la batalla ideológica y cultural “el progresismo ha producido marcos potentes”, sin embargo, “el problema ha sido traducirlos en relatos comprensibles y emocionalmente resonantes, conectados con la vida cotidiana” de la ciudadanía. Añadió que desde este sector “la comunicación ha sido reactiva y fragmentada. Ha faltado oportunidad y coherencia estratégica”. En tanto, apuntó a que desde la extrema derecha y la derecha, en la disputa cultural y de ideas, se instala “la gramática del antagonismo cultural: construir campos semánticos donde las agendas de derechos emergentes se presentan como excesos o amenazas”. Señaló, en esa línea, que el discurso de desideologización que instalan los conservadores “cumple dos funciones: presentar la propia visión como neutral o de sentido común; y deslegitimar las demandas de transformación etiquetándolas como ‘ideológicas’”. Anotó que en el presidente electo “lo que vemos es una matriz discursiva y programática con rasgos iliberales”, es decir, apuntar a la “priorización del orden por sobre garantías, sospecha hacia el pluralismo cultural, relativización de derechos de grupos específicos y una visión instrumental de la institucionalidad”.

Hugo Guzmán. Periodista. “El Siglo”. Santiago. 1/3/2026. En el último tiempo se está hablando mucho del concepto de iliberalismo. Se indica que la extrema derecha y específicamente gobiernos como los de Viktor Orbán en Hungría y Javier Milei en Argentina, lo estarían aplicando. ¿De qué se trata?

El iliberalismo designa proyectos políticos que mantienen formas electorales, pero vacían o subordinan los contenidos sustantivos de la democracia liberal: separación de poderes, derechos fundamentales, pluralismo, protección de minorías y autonomía de la sociedad civil. Es una deriva que reemplaza el universalismo de derechos por un decisionismo mayoritario, donde la legitimidad proviene de una identidad nacional homogénea o de un mercado sacralizado. En el caso de Orbán, el propio concepto de “democracia iliberal” fue reivindicado como horizonte: Estado fuerte, control de instituciones contramayoritarias y nacionalismo cultural. En Milei observamos una variante distinta -anarco-libertaria en lo económico y plebiscitaria en lo político- que también tensiona la noción de derechos sociales y el rol del Estado democrático. El punto común es la erosión del constitucionalismo social y del pluralismo efectivo.

¿Es posible hablar de la aplicación del iliberalismo en el gobierno de José Antonio Kast?

Más que una aplicación consolidada -pues no ha gobernado- lo que vemos es una matriz discursiva y programática con rasgos iliberales: priorización del orden por sobre garantías, sospecha hacia el pluralismo cultural, relativización de derechos de grupos específicos y una visión instrumental de la institucionalidad. Hay también una comprensión restringida de los derechos humanos, centrada en la seguridad y la propiedad, con menor reconocimiento de derechos sociales, ambientales o de pueblos originarios. Por tanto, hablaría de potencial iliberal: una orientación que, de materializarse en poder estatal, podría tensionar el equilibrio entre mayoría y derechos, especialmente en contextos de crisis securitaria.

En estos días, a propósito de conflictividad diplomática con Estados Unidos, se volvió a plantear “no ideologizar” la política exterior. Eso también se traslada las políticas pública, de “no ideologizarlas”. ¿Es posible gobernar sin ideología?

No existe política pública sin marco normativo. Y toda política exterior expresa valores: soberanía, integración, derechos humanos, desarrollo, multilateralismo. Lo que suele llamarse “no ideologizar” es, en realidad, naturalizar una ideología dominante -usualmente economicista o geopolítica- como si fuera mera técnica. Chile, por ejemplo, ha sostenido históricamente principios: respeto al derecho internacional, solución pacífica de controversias, promoción de derechos humanos. Eso es ideológico en el buen sentido, orientado por convicciones normativas compartidas. La honestidad democrática exige explicitar esos fundamentos, no negarlos.

¿Por qué los conservadores insisten en “desideologizar”? ¿No tienen ideología?

Toda corriente tiene ideología. El discurso de desideologización cumple dos funciones: presentar la propia visión como neutral o de sentido común; y deslegitimar las demandas de transformación etiquetándolas como “ideológicas”. Es una estrategia de hegemonía cultural clásica: universalizar lo propio, particularizar lo ajeno. El conservadurismo contemporáneo sí posee ideología: orden social jerárquico, centralidad del mercado, tradición nacional, familia normativa. Negarlo es parte de su eficacia retórica.

Hablando de ideología, Kast habló de animalismo radical, indigenismo radical, ambientalismo extremo, feminismo ideológico y “falsos derechos”. ¿En qué línea vendría todo eso?

Es la gramática del antagonismo cultural: construir campos semánticos donde las agendas de derechos emergentes se presentan como excesos o amenazas. Se articula con la noción de “ideología de género”, el rechazo a derechos de pueblos originarios como plurinacionalidad o autonomía, y la desconfianza hacia la regulación ambiental. La idea de “falsos derechos” apunta a negar la expansión histórica del catálogo de derechos -como los sociales, culturales, ambientales-, reduciéndolo a libertades negativas clásicas. Pero la tradición de derechos humanos es dinámica: desde la posguerra se reconocen interdependencias entre derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales. No es inflación, es evolución normativa frente a nuevas vulnerabilidades.

¿La izquierda se queda sólo en la crítica sin ofrecer relatos frente a estos temas?

Hay un déficit de articulación narrativa, no necesariamente de ideas. El progresismo ha producido marcos potentes: justicia ambiental, economía del cuidado, Estado social y democrático de derecho, interculturalidad, transición ecológica justa. El problema ha sido traducirlos en relatos comprensibles y emocionalmente resonantes, conectados con la vida cotidiana, como seguridad, empleo, servicios. La derecha ha sido eficaz en simplificar y dramatizar; el progresismo debe aprender a encarnar sus propuestas en experiencias concretas, en relación, por ejemplo, a barrios seguros con cohesión social, trabajo digno en economías verdes, cuidados como infraestructura social. No basta la superioridad moral, se requiere pedagogía pública.

¿En este cuadro de batalla ideológica o cultural, la izquierda está a la defensiva o hay posicionamientos precisos?

Existen posicionamientos como la defensa del Estado social, reforma tributaria progresiva, seguridad con derechos, feminismo democrático, reconocimiento indígena con unidad política, desarrollo sostenible. Sin embargo, la comunicación ha sido reactiva y fragmentada. Coincido en que ha faltado oportunidad y coherencia estratégica. La respuesta no es abandonar principios, sino integrarlos en un proyecto país en base a seguridad democrática, crecimiento inclusivo y transición ecológica. La ciudadanía no percibe “ideas abstractas”, sino trayectorias vitales posibles.

De repente pareciera que desde las dirigencias de la izquierda y el progresismo, desde el ahora oficialismo, se prioriza por la lectura duopólica en lo medial, dejarse llevar por la agenda de los medios grandes o querer pautear agenda desde ahí y los medios alternativos, los medios propios, se dejan de lado, incluso ni siquiera se les entregan insumos informativos, se les niegan hasta las entrevistas. ¿Hay un abandono ahí, una no comprensión? Incluso con el dato de que se insiste en que los medios son necesarios para la batalla cultural e ideológica.

Hay dependencia del duopolio y subinversión en ecosistemas comunicacionales propios y comunitarios. La batalla de las ideas hoy es multiplataforma y territorial: radios locales, medios digitales independientes, redes sociales, organizaciones sociales, universidades, cultura. Se requiere una política comunicacional democrática, de un apoyo a medios regionales y comunitarios, transparencia en la pauta estatal, producción de contenidos públicos de calidad, y formación en alfabetización mediática. No se trata de propaganda, sino de pluralismo informativo. El progresismo y la izquierda deben dialogar con audiencias diversas sin mediaciones oligopólicas, con lenguaje claro y presencia sostenida en los territorios.

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