¿Qué es BlackRock y por qué debería importarte?
No es un banco tradicional ni una empresa cualquiera. Gran administrador que gestiona el dinero de los demás: las pensiones de millones de trabajadores alrededor del mundo, los ahorros de países enteros, los fondos de universidades y aseguradoras. Con más de 10 billones de dólares bajo su custodia (trillions en escala anglosajona), su tamaño supera el producto interno bruto de todas las naciones del mundo, excepto Estados Unidos y China.
A. Guzmán. Bilbao. 8/2/2026. Cuando hablamos de política, es común escuchar nombres de presidentes, partidos o leyes. Pero si profundizamos, la mayoría no conoce empresas, personas, organizaciones e instituciones que hoy son cruciales y están marcando el juego geopolítico. Estos actores en la sombra tienen un poder real que supera, en muchos casos, al de los gobiernos, las democracias y los presidentes. Uno de ellos es BlackRock. No es un banco tradicional ni una empresa cualquiera. BlackRock gran administrador que gestiona el dinero de los demás: las pensiones de millones de trabajadores alrededor del mundo, los ahorros de países enteros, los fondos de universidades y aseguradoras. Con más de 10 billones de dólares bajo su custodia (trillions en escala anglosajona), su tamaño supera el producto interno bruto de todas las naciones del mundo, excepto Estados Unidos y China.
¿Cómo ejerce ese poder? Piensa en las grandes empresas que conoces: Apple, Microsoft, las petroleras, los grandes bancos. BlackRock es el mayor accionista de la mayoría de ellas, a través de los fondos que gestiona. Esto le da un asiento privilegiado y un voto decisivo en sus juntas directivas. Puede presionar para cambiar sus estrategias, sus directivos o sus políticas. En esencia, decide qué empresas prosperan y cuáles se quedan atrás, sin haber sido elegido por nadie para tomar esas decisiones.
El peligro invisible: el poder sin responsabilidad
El verdadero problema más allá de su tamaño, es su naturaleza. BlackRock funciona como un árbitro de fútbol que también es el dueño de todos los equipos y del estadio. Juega en todos los bandos. Asesora a gobiernos como los de Estados Unidos o la Unión Europea sobre cómo regular los mercados y, al mismo tiempo, es el principal inversor en las empresas que serán reguladas. Esta puerta giratoria entre lo público y lo privado crea un conflicto de interés monumental. Sus ex-ejecutivos ocupan altos cargos en ministerios de economía, y antiguos funcionarios públicos terminan trabajando en sus lujosas oficinas.
Las pocas veces que se habla de BlackRock o de Larry Fink, su carismático director, pasa desapercibida la ideología que han estado imponiendo en las últimas décadas. BlackRock ha sido el gran promotor de la agenda ESG (Ambiental, Social y de Gobernanza). Esto, que suena bien, tiene un trasfondo profundo: es una forma de gobernar sin políticos. Al dictar qué es una empresa “responsable”, están estableciendo una nueva ley global no escrita, decidiendo qué industrias son “limpias” o “sucias”, y canalizando cientos de millones de dólares en esa dirección. Su influencia es tan sutil que parece técnica, pero es profundamente política. Han apostado por un mundo globalizado, interconectado y con reglas comunes, un proyecto que ha estado históricamente alineado con el Partido Demócrata en Estados Unidos y con las instituciones de la Unión Europea.
Y usted pensará: ¿qué mejor que el gran fondo de inversiones del mundo, con un tamaño monumental, sea promotor de la agenda verde, inclusiva y justa? Con la geopolítica actual, parece que con BlackRock ganaron “los buenos”. Lo que no alcanzamos a ver, porque tampoco nos lo cuentan, es que estas políticas han arrasado con industrias enteras en diferentes países y han contribuido a que grandes empresas multinacionales -adivinen quién tiene activos allí- se coman a las empresas locales.
Un ejemplo fácil podría ser la cosecha de fresas en un país europeo. Un agente como BlackRock mueve los hilos para que la Comisión Europea apruebe leyes muy duras contra fertilizantes, fumigadores y otros productos químicos nocivos para la salud. Esto se publica, es genial, la población está feliz porque puede confiar en que sus gobiernos velan por su bienestar. Pero lo que no vemos es que los grandes beneficiarios son empresas transnacionales que cosechan las fresas en países como Marruecos o Túnez, donde esas leyes no aplican, y luego las venden mucho más baratas en Europa. El resultado es que los productores locales no pueden competir y desaparecen. La sostenibilidad, en este marco, se convierte en un arma de competencia desleal a escala global, orquestada desde oficinas donde se priorizan gráficos de rentabilidad sobre mapas de comunidades. El desempleo aumenta y con ello la precariedad, la población sigue consumiendo los químicos nocivos y el capital se sigue acumulando en pocas manos.
Davos: el banquete que terminó antes del postre
Todo este entramado de poder y su visión del mundo llegaron a un punto de ruptura simbólico en el pasado Foro de Davos. Allí, Larry Fink ya no era un simple invitado; era uno de los anfitriones, co-presidente del evento. Este hecho, aparentemente protocolario, encierra una revelación profunda: la organización que durante décadas ha fungido como el gran templo del diálogo público-privado cedió formalmente su presidencia interina al representante máximo del capital gestionado. Es la señal de que el poder migró definitivamente de las mesas de los gobiernos a las salas de juntas de los gestores de activos.
Pero la cena que su círculo organizó se convirtió en la imagen perfecta del derrumbe del consenso que ellos mismos habían ayudado a construir. Durante la velada, el secretario de Comercio de Estados Unidos, Howard Lutnick, lanzó un discurso ferozmente crítico con Europa, defendiendo el proteccionismo y las energías tradicionales. La reacción: un terremoto en una sala acostumbrada a la cortesía. Al Gore, ícono de la lucha climática, abucheó. Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, se levantó y abandonó la sala. El evento se suspendió, literalmente, antes de llegar al postre.
Esa escena es la metáfora definitiva. La reelección de Trump y el ascenso de un nacionalismo económico agresivo en Estados Unidos le han dado una “mala digestión histórica” al proyecto globalista de BlackRock. Su apuesta por un mundo gestionado por técnicos y financieros se topa con el muro de la soberanía nacional, la guerra perdida en Ucrania (donde Black Rock, de la mano de los demócratas tenía ya una agenda de “reconstrucción” trazada) y una geopolítica fracturada. La cena de Davos demostró que incluso en el corazón de la élite, el menú de la globalización financiera ya no es digerible para todos. El sueño de un gobierno silencioso y eficiente del mundo a través de métricas de riesgo y rentabilidad chocó contra la tozudez de la historia, los intereses nacionales y el descontento popular.
En conclusión, BlackRock representa la culminación de una era: la del poder financiero que pretendió gobernar el mundo desde la neutralidad técnica. Pero su historia nos enseña que no hay poder neutral. Y cuando ese poder, construido sobre consensos frágiles, se encuentra con un mundo que vuelve a levantar fronteras y a elegir soberanía sobre eficiencia, ni siquiera tiene tiempo para servirse el postre. El verdadero debate, por tanto, no es si BlackRock es buena o mala, sino si queremos que nuestro futuro común lo sigan decidiendo en cenas privadas gestores de fondos cuya única rendición de cuentas es la rentabilidad. La pregunta que queda resonando, después de que se apagaron las luces en aquel salón suizo, es si las sociedades recuperarán la soberanía sobre su destino o seguirán siendo accionistas pasivos en un fondo cuyas decisiones nunca podrán votar.
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