Cuba. El castigo ejemplar
Cuando sectores de la izquierda asumen sin mayor conflicto el discurso dominante sobre Cuba, cuando repiten categorías y juicios construidos desde los centros de poder que sostienen el bloqueo, renuncian a una lectura crítica del imperialismo contemporáneo. Renuncian también a la defensa coherente de la soberanía y de la autodeterminación, principios que no pueden ser selectivos ni condicionales.

Adrián Prieto. Santiago. 2/2026. Las declaraciones de Donald Trumpafirmando que Cuba “no va a resistir” no constituyen una bravata ni un gesto comunicacional dirigido a su electorado interno. Son la verbalización descarnada de una política histórica, sostenida con distintos estilos, pero con un mismo objetivo, quebrar por agotamiento a un pueblo que decidió no subordinarse al orden imperial. El reciente endurecimiento del bloqueo, extendido ahora a países que suministren energía a la isla, no inaugura una etapa nueva, sino que profundiza una estrategia de asfixia que ha sido aplicada durante más de seis décadas con plena conciencia de sus efectos sociales.
El bloqueo no es una política fallida ni un residuo ideológico de la Guerra Fría. Es un instrumento deliberado de coerción económica. Está diseñado para limitar el acceso a bienes esenciales, encarecer las transacciones, obstaculizar la producción interna y generar un deterioro material persistente que desgaste el tejido social. Cuando se impide la compra de combustibles, medicamentos, alimentos o repuestos, no se presiona a una élite dirigente. Se castiga a una población completa. El sufrimiento no es un efecto secundario, es parte del método.
La lógica que subyace a esta política es brutal en su simplicidad. Si Cuba no puede ser derrotada políticamente desde dentro, entonces debe ser empujada al colapso desde fuera. No importa que año tras año la inmensa mayoría de la comunidad internacional condene el bloqueo. No importa que organismos multilaterales reconozcan su impacto directo en la vida cotidiana de millones de personas. Para Estados Unidos, Cuba sigue siendo una anomalía intolerable. No por su peso económico ni militar, sino por su valor simbólico. Representa la posibilidad de un proyecto soberano que no se alinea con los intereses del capital transnacional ni con la arquitectura geopolítica dominante.
En ese marco, las palabras de Trump no son una exageración retórica. Expresan con crudeza lo que muchas administraciones prefirieron disimular bajo el lenguaje de la diplomacia. El objetivo es quebrar la resistencia social mediante el empobrecimiento y el hambre inducido. Forzar una rendición política a través del desgaste material. Convertir la vida cotidiana en un campo de presión permanente.
Lo más preocupante no es la coherencia de esta política imperial, que nunca ha ocultado su desprecio por la autodeterminación de los pueblos. Lo verdaderamente inquietante es la manera en que parte de la “izquierda” ha terminado aceptando, normalizando o relativizando esta violencia económica. Se critica a Cuba como si el bloqueo no existiera. Se analizan sus problemas como si no estuvieran condicionados por un cerco financiero y comercial sin precedentes. Se exigen resultados, estándares y respuestas propias de países que no viven bajo asedio permanente.
Esa postura no es neutral ni inocente. Al omitir el contexto estructural, desplaza la responsabilidad del agresor hacia la víctima. Reduce una política de castigo colectivo a un problema de gestión interna. Reproduce, aunque sea de forma involuntaria, el marco interpretativo del poder hegemónico. La crítica pierde así su contenido emancipador y se transforma en un gesto funcional al orden que dice cuestionar.
Nadie está obligado a idealizar la experiencia cubana ni a negar sus tensiones, errores o contradicciones. Pero hay una línea política que no debiera cruzarse. No se puede hablar de democracia, libertades o futuro posible ignorando deliberadamente las condiciones materiales impuestas desde Estados Unidos. No se puede exigir normalidad política bajo un régimen de excepción económica diseñado para producir escasez y desesperación.
Cuando sectores de la izquierda asumen sin mayor conflicto el discurso dominante sobre Cuba, cuando repiten categorías y juicios construidos desde los centros de poder que sostienen el bloqueo, renuncian a una lectura crítica del imperialismo contemporáneo. Renuncian también a la defensa coherente de la soberanía y de la autodeterminación, principios que no pueden ser selectivos ni condicionales.
El bloqueo no busca mejorar la vida del pueblo cubano. Busca quebrarlo. Y quienes callan ante esa evidencia, o la relativizan en nombre de una supuesta superioridad moral, no ocupan una posición externa al conflicto. Se integran, consciente o inconscientemente, al coro que legitima la barbarie económica como herramienta política.
La entrada Cuba. El castigo ejemplar se publicó primero en El Siglo.

