A confesión de parte, relevo de prueba

Ahora, cuando el trumpismo amenaza con convertir ese mismo Derecho Internacional en un arma contra Europa, Canadá o el multilateralismo liberal, aparece la sinceridad. Recién ahora reconocen que la ley nunca fue igual para todos. Lo dicen no por las víctimas del Sur Global, sino porque temen convertirse ellos mismos en víctimas de la arbitrariedad que siempre administraron. Y muchos progresismos, con la misma plasticidad moral, ajustan su discurso: ayer justificaron; hoy se preocupan. El problema, para ellos, no es la injusticia histórica, sino la incertidumbre presente.

Daniel Jadue. Arquitecto y Sociólogo. Santiago. 21/1/2026. Cuando el primer ministro de Canadá reconoce, casi con tono técnico y algo de pudor académico, que el derecho internacional siempre ha funcionado de manera asimétrica, asistimos a una confesión tardía y forzada, lamentablemente, por el miedo y no por la ética. Miedo a que el orden que Occidente diseñó para dominar al mundo ya no lo proteja ni siquiera a sí mismo, ante la voracidad del capital, que como Rosa Luxemburgo advirtió, tiene la necesidad imperiosa de quedarse con todo. En derecho, la confesión de parte releva de prueba; en política, desnuda una hipocresía estructural que los pueblos del Sur y en particular las izquierdas, llevan décadas denunciando.

Durante años, ese mismo Occidente sostuvo que el derecho internacional era neutral, universal, civilizador y que los Derechos Humanos eran universales. Algunos lo repiten sin pudor hasta el día de hoy; y con ese ese relato legitimaron el derrocamiento de gobiernos que no les eran afines y la instalación de dictaduras militares subordinadas a sus intereses. Ese relato, totalmente falso, también sirvió para legitimar guerras de agresión, bloqueos criminales, sanciones que matan de hambre y ocupaciones coloniales. Chile, Brasil, Argentina, Yugoslavia, Irán, Irak, Afganistán, Libia, Siria, Haití, Palestina: la lista de países devastados en nombre de un “orden basado en reglas” es larga y sangrienta. Cuando las normas estorbaban, se las ignoraba; cuando servían, se las instrumentalizaba. Era y sigue siendo, tal como lo anticiparan los teóricos del marxismo, el funcionamiento normal del imperialismo.

Pero esta maquinaria no operó sola. Los grandes medios de comunicación fueron su coartada permanente y perfecta. Repitieron hasta el cansancio, y lo siguen haciendo, las mentiras emanadas del imperio y construyeron consenso para la guerra, normalizaron el doble estándar y la deshumanización de las víctimas. Bombardear se llamó “intervención humanitaria”; invadir, “responsabilidad de proteger”; bloquear alimentos y medicinas, “presión diplomática”. Tal como en el Estado Nacional, el Estado funciona como instrumento de dominación de una clase sobre otra y la ley se convierte en un arma al servicio de la clase dominante, el Derecho Internacional se aplicó de manera asimétrica para asegurar la dominación a escala global, sí, pero también lo fue el relato: unas vidas importaban, otras eran daños colaterales. El crimen se volvió lenguaje técnico y la muerte, incluso el genocidio, de transformo en estadística.

En este contexto, hay una responsabilidad que resulta especialmente grave y que no puede eludirse: la de los gobiernos supuestamente progresistas que, en lugar de disputar ese relato, se sumaron a él para ser aceptados en las instituciones del poder global. En nombre del “realismo”, de la “gobernabilidad” o de la “inserción internacional”, abandonaron una política de principios que había caracterizado a la izquierda en buena parte del siglo pasado. Callaron ante guerras injustas, relativizaron bloqueos, practicaron equidistancias morales y aprendieron a hablar el idioma del doble estándar para no incomodar a los centros de poder.

Esa equidistancia, lo único que no tuvo fue neutralidad. Al legitimar el relato hipócrita del orden occidental, vaciaron de contenido ético la palabra progreso y contribuyeron a desarmar a sus propios pueblos. Cuando la izquierda deja de decir la verdad para “estar en la mesa”, termina siendo parte del menú. La consecuencia está a la vista: desafección, cinismo, crecimiento de la extrema derecha y pérdida de credibilidad de proyectos que prometían dignidad y terminaron administrando silencios.

Ahora, cuando el trumpismo amenaza con convertir ese mismo Derecho Internacional en un arma contra Europa, Canadá o el multilateralismo liberal, aparece la sinceridad. Recién ahora reconocen que la ley nunca fue igual para todos. Lo dicen no por las víctimas del Sur Global, sino porque temen convertirse ellos mismos en víctimas de la arbitrariedad que siempre administraron. Y muchos progresismos, con la misma plasticidad moral, ajustan su discurso: ayer justificaron; hoy se preocupan. El problema, para ellos, no es la injusticia histórica, sino la incertidumbre presente.

Desde el marxismo, esto no sorprende. El Derecho Internacional es superestructura de un orden material concreto: protege la expansión del capital, la propiedad y las rutas del comercio. Su asimetría y su doble estándar son su razón de ser. Por eso nunca se juzgó seriamente a las potencias vencedoras; por eso Israel viola resoluciones impunemente mientras Palestina es castigada y devastada ante los ojos del mundo; por eso Cuba sigue bloqueada y Venezuela es invadida y su presidente secuestrado ante los ojos de todo el mundo que solo mira y declara que ese acto viola el Derecho Internacional; por eso que África sigue saqueada. Y por eso quienes aspiraron a gobernar sin confrontar esa estructura terminaron adaptándose a ella.

La confesión canadiense no inaugura una autocrítica, confirma una verdad histórica que las y los comunistas venimos denunciando hace décadas. Lo nuevo no es el diagnóstico, sino el sujeto que lo enuncia. Cuando lo decían los pueblos del Sur, era propaganda comunista; cuando lo dicen gobiernos occidentales, es “realismo”. Esa doble vara resume la hipocresía del sistema…y también el fracaso moral de una izquierda que prefirió la pertenencia institucional a la coherencia política.

La pregunta ya no es si el Derecho Internacional es asimétrico, eso está admitido, sino qué posición se toma frente a esa verdad. ¿Se reparan los pueblos destruidos? ¿Se levantan los bloqueos? ¿Se deja de armar genocidios? ¿Se renuncia al derecho a veto en el Consejo de seguridad de la ONU, a la sanción unilateral, a la guerra preventiva? Todo indica que no. Lo que se busca es previsibilidad para los propios intereses, no justicia para todos.

Esta confesión llega tarde para millones de muertos, desplazados y hambrientos. Pero deja una lección ineludible: el “orden internacional” no fue un pacto moral ni un avance civilizatorio, sino un régimen de dominación a escala global, sostenido por leyes asimétricas, relatos cómplices y progresismos disciplinados. Cuando ese régimen entra en crisis, sus arquitectos lo reconocen. Y cuando la coartada se cae, la historia se acelera y los pueblos se vuelven protagonistas y como decía Fanon, cada generación tiene una misión y sus opciones son cumplirla o traicionarla.

La salida no vendrá de las cumbres ni de las cancillerías. Tampoco de los progresismos seducidos por la estética pero sin ética, capaces de confundir principios con gestos. Vendrá de los pueblos organizados, capaces de romper el doble estándar y disputar también el sentido común. Si el Derecho Internacional quiere dejar de ser farsa, deberá romper con la lógica imperial que lo sostiene. Si no, será reemplazado por un nuevo pacto social que debe venir desde abajo. Porque cuando la hipocresía se confiesa y las renuncias quedan a la vista, la política de principios vuelve a ser una urgencia.

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