El controversial perfil del Secretario de Seguridad de México, clave en el combate al narco

Omar García Harfuch fue uno de lo altos funcionarios mexicanos que lideró el ataque contra el jefe del Cártel Jalisco Nueva Generación, Rubén Oseguera, “El Mencho”. En 2020 resultó herido en un atento de ese grupo criminal. Carga con el peso de un linaje, hijo y nieto de antiguos jefes policiales y del Ejército que realizaron operaciones represivas, con la sombra de aparecer vinculado al Caso Ayotzinapa (la desaparición de 43 estudiantes normalistas), y haber ocupado importantes cargos de seguridad e Inteligencia en gobiernos de distinto signo político. Fue Secretario de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México cuando la jefa de Gobierno de la capital mexicana era Claudia Sheinbaum, quien siendo Presidenta lo nombró Secretario de Seguridad y Protección Ciudadana de México. Su posicionamiento es tal, es que en la actualidad es considerado como un posible aspirante presidencial.

M. Rambaldi. Ciudad de México. 15/3/2026. Omar Hamid García Harfuch se ha convertido en una de las figuras más relevantes y, a la vez, más controvertidas del panorama político mexicano actual. Nacido el 25 de febrero de 1982 en Cuernavaca, Morelos, el actual secretario de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC) encarna una paradoja que define buena parte de las tensiones internas de la Cuarta Transformación: un hombre formado en las entrañas del viejo régimen, que ahora opera como uno de los funcionarios de mayor confianza del primer gobierno de izquierda en la historia del país. Su trayectoria no puede entenderse sin examinar el peso abrumador de un linaje familiar profundamente arraigado en los momentos más oscuros y en las cúpulas de poder del México del siglo XX.

Es hijo de la reconocida actriz María Sorté, cuyo nombre artístico ha brillado en cine y televisión desde la década de 1970, y de Javier García Paniagua, una figura clave en la historia política y de Inteligencia en México. García Paniagua no fue un político menor: ocupó la titularidad de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) -la temida policía política encargada de la llamada “Guerra Sucia” contra guerrillas y movimientos de izquierda durante los años setenta-, fue secretario de la Reforma Agraria, secretario del Trabajo y presidente nacional del Partido Revolucionario Institucional (PRI) durante el gobierno de José López Portillo. Pero su ambición política no se detuvo ahí. Diversas fuentes históricas coinciden en señalar que Javier García Paniagua fue uno de los dos finalistas para convertirse en el candidato presidencial del PRI en 1982, compitiendo directamente con Miguel de la Madrid. Su perfil representaba al ala política tradicional del partido, la de los “dinosaurios” formados en la negociación corporativa y el control territorial, en contraposición al perfil tecnocrático y neoliberal que encarnaba De la Madrid, quien finalmente fue el ungido. Aquella decisión marcó un parteaguas en la historia política del país y truncó los deseos de García Paniagua.

El árbol genealógico de Harfuch tiene raíces aún más profundas y sombrías. Su abuelo paterno, el general Marcelino García Barragán, se desempeñó como Secretario de la Defensa Nacional durante la presidencia de Gustavo Díaz Ordaz y tuvo una participación directa en la represión del movimiento estudiantil de 1968. Fue García Barragán quien, como titular de la Sedena, ejecutó la orden que derivó en la matanza de Tlatelolco el 2 de octubre de ese año, un hecho que justificó públicamente al día siguiente atribuyendo la violencia a un tiroteo entre estudiantes, una versión que la historia ha desmentido contundentemente. Este linaje coloca a Harfuch en una posición incómoda dentro de un movimiento político como Morena, que se reivindica como heredero de las luchas sociales y que tiene entre sus filas a activistas que participaron en el movimiento del 68, a exguerrilleros que fueron perseguidos por la DFS que dirigía su padre, y a defensores de los derechos humanos que han dedicado décadas a exigir justicia para las víctimas de la Guerra Sucia y, más recientemente, para los 43 normalistas de Ayotzinapa.

A pesar de este pasado familiar, Harfuch ha logrado construir una carrera técnica en las corporaciones policiales que le ha permitido navegar los sucesivos cambios de régimen. Inició en 2008 dentro de la extinta Policía Federal durante el gobierno de Felipe Calderón, donde ingresó como jefe de departamento en la Coordinación de Inteligencia para la Prevención del Delito. Fue precisamente en esa época cuando coincidió con Genaro García Luna, entonces secretario de Seguridad Pública federal, hoy condenado en Estados Unidos por sus vínculos con el crimen organizado. García Harfuch ha reconocido que trabajó bajo la estructura de García Luna, aunque ha sido enfático en desmentir cualquier relación cercana. En diversas entrevistas ha declarado que apenas vio a García Luna en “tres o cuatro ocasiones” y que de haber sido su mentor, como algunos le han señalado, no tendría problema en admitirlo. Las acusaciones en su contra apuntan a que fue Luis Cárdenas Palomino, el brazo derecho de García Luna, quien lo protegió y le permitió permanecer en la corporación a pesar de haber reprobado exámenes de control de confianza en aquellos años. Fue escalando posiciones en áreas de Inteligencia y operativos y. en 2012, aún bajo el mando de García Luna, fue nombrado coordinador de la Policía Federal en Guerrero, un punto crítico en la lucha contra el crimen organizado.

Su capacidad para adaptarse a distintos entornos políticos quedó demostrada cuando, tras la llegada de Enrique Peña Nieto a la presidencia, no solo se mantuvo en el cargo, sino que en 2016 fue nombrado titular de la División de Investigación de la Policía Federal y posteriormente encabezó la Agencia de Investigación Criminal (AIC) de la Procuraduría General de la República. Y con el arribo de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia en 2018, lejos de ser desplazado, fue ratificado y posteriormente atraído por Claudia Sheinbaum para integrarse a su gabinete en la Ciudad de México. No fue sino hasta septiembre de 2023, cuando decidió buscar la candidatura a la Jefatura de Gobierno de la capital, que Harfuch formalizó su afiliación a Morena, admitiendo que nunca antes había militado en partido político alguno, lo que evidencia su origen como un funcionario de carrera estatal más que como un activista de izquierda.

El punto más delicado en su biografía, y donde el contraste con la base social de Morena se vuelve más agudo, es su presunta vinculación con el caso de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa en 2014. Diversas investigaciones, incluyendo los informes oficiales de la Comisión para la Verdad y el Acceso a la Justicia en el caso Ayotzinapa presentados por Alejandro Encinas -un hombre con una larga trayectoria en la izquierda mexicana y perseguido políticamente en el pasado-, han señalado que García Harfuch, en su calidad de coordinador de la Policía Federal en Guerrero, participó en reuniones de altos mandos celebradas en Iguala el 7 de octubre de 2014. En esas reuniones, encabezadas por el entonces procurador Jesús Murillo Karam, se habría fraguado la llamada “Verdad Histórica”, la versión oficial que posteriormente fue desacreditada por ocultar la participación de militares y la cooperación entre autoridades y el crimen organizado. Aunque Harfuch ha negado las acusaciones argumentando que para entonces ya estaba comisionado en Michoacán, tanto los informes oficiales como los trabajos periodísticos de investigación de autoras como Anabel Hernández han documentado su presencia en la zona y su participación en la estrategia de encubrimiento, lo que genera una profunda incomodidad en un movimiento que ha hecho de la causa de Ayotzinapa una de sus banderas morales.

El 26 de junio de 2020, cuando era secretario de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México, sufrió un atentado armado en Paseo de la Reforma que lo colocó en el centro de la atención pública. Un comando del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) emboscó la camioneta en la que viajaba utilizando un fusil Barrett calibre .50, un arma de guerra capaz de perforar blindajes y considerada una de las más poderosas del mundo. Este fusil, de fabricación estadounidense y utilizado por fuerzas especiales en conflictos bélicos, tiene una velocidad de salida de 854 metros por segundo y un alcance efectivo de hasta dos kilómetros, lo que evidencia el alto nivel de sofisticación y poder de fuego de los grupos criminales en México. Las autoridades identificaron como autor intelectual del ataque a Julio César Montero Pinzón, alias “El Tarjetas”, encargado de las operaciones del CJNG en Puerto Vallarta, cuyas cuentas bancarias habían sido congeladas apenas tres semanas antes del atentado como parte del operativo “Agave Azul” contra el lavado de dinero de ese cártel . El ataque dejó un saldo de tres personas fallecidas -dos escoltas y una mujer civil que viajaba en un vehículo particular- y a Harfuch herido de bala, lo que lo mantuvo hospitalizado. Su supervivencia y posterior reincorporación al cargo cimentaron una imagen de resiliencia que ha explotado políticamente.

Su gestión al frente de la seguridad capitalina lo posicionó como el sucesor natural de Claudia Sheinbaum en la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México para las elecciones de 2024. Las encuestas lo mostraban como el claro favorito, superando por amplio margen a su contendiente interna, Clara Brugada. Sin embargo, a pesar de haber ganado en las preferencias, su candidatura fue descartada y Morena optó por Brugada para cumplir con las reglas de paridad de género impuestas por el Instituto Nacional Electoral, que obligaban a los partidos a postular mujeres en al menos cinco de las nueve gubernaturas y jefaturas de Gobierno en disputa. Este revés, que muchos de sus seguidores interpretaron como un acto de injusticia, lo reencauzó hacia el Senado y, posteriormente, al gabinete federal como titular de la SSPC, no sin antes sortear la oposición del presidente López Obrador, quien impuso condiciones para aceptar su nombramiento, como mantener la Guardia Nacional bajo mando militar.

En el plano personal, García Harfuch mantiene un perfil extremadamente reservado. Se sabe que contrajo matrimonio a los 19 años y que es padre de varias hijas, aunque por razones de seguridad evita revelar detalles sobre su familia. Posteriormente sostuvo una relación de casi tres años con Ninfa Salinas Sada, hija de Ricardo Salinas Pliego, uno de los hombres más ricos de México y propietario de Grupo Salinas, quien ha sido un férreo crítico y opositor a las políticas del presidente Andrés Manuel López Obrador y de la Cuarta Transformación. La relación, que concluyó en 2022, lo expuso al escrutinio de las cámaras de espectáculos y generó debates sobre los vínculos afectivos de un funcionario de alto perfil con una familia abiertamente contraria al proyecto político en el que milita.

Un aspecto que pocas veces se menciona, pero que resulta fundamental para entender su posición en el entramado de poder mexicano, es que su amplia trayectoria a lo largo de diferentes gobiernos y administraciones -desde el calderonismo hasta la 4T, pasando por el peñismo– lo ha convertido en una persona que posee información privilegiada sobre numerosas figuras clave del país: políticos de todos los signos, empresarios, funcionarios y actores del crimen organizado. Durante casi dos décadas en puestos de Inteligencia y seguridad, García Harfuch ha tenido acceso a expedientes, investigaciones, comunicaciones intervenidas y testimonios que constituyen un capital político invaluable. En el México de hoy, donde la información es poder y donde los expedientes secretos pueden definir carreras enteras, esa acumulación de saberes lo coloca en una posición de fuerza inusual, pero también lo convierte en un blanco de desconfianza para muchos que prefieren mantenerlo cerca antes que arriesgarse a tenerlo enfrente.

Hoy, como secretario de Seguridad federal, el nombre de Omar García Harfuch ya no solo suena para futuros procesos electorales, sino que diversas encuestas lo colocan como el aspirante mejor posicionado dentro de Morena para la sucesión presidencial de 2030, con el respaldo explícito de la propia Claudia Sheinbaum, quien según diversas fuentes ya lo habría ungido como su “gallo” para la candidatura, en detrimento de otras figuras morenistas como Andrés López Beltrán, hijo del expresidente. Según estudios demoscópicos recientes, su gestión cuenta con altos niveles de aprobación ciudadana, ubicándose por encima de otros perfiles como Marcelo Ebrard o la propia Clara Brugada. Dentro de los cuerpos policiales, la percepción sobre su figura es dual: por un lado, se le reconoce como un “policía de carrera” que conoce el oficio desde las bases, a diferencia de otros funcionarios con perfiles más administrativos o políticos; por otro lado, persiste cierta distancia y desconfianza, pues muchos elementos de base lo perciben como parte de una élite que desconoce las condiciones reales de la corporación y que ha privilegiado la imagen pública sobre las mejoras estructurales para los mandos operativos. Entre la población en general, su imagen combina el reconocimiento por su perfil duro en seguridad con la controversia que despiertan sus orígenes familiares y los señalamientos pendientes sobre Ayotzinapa. Esa dualidad -el hombre del viejo régimen que ahora aspira a encabezar la transformación- define su presente y marcará, sin duda, su futuro político.

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