La “Junta de la Paz” de Trump o la privatización final de la geopolítica

Estamos ante un momento de definición histórica. La “Junta de la Paz” es el intento de monetizar el caos, de convertir la diplomacia en una sociedad anónima donde mandan los accionistas mayoritarios. La diferencia es ética y estética. Mientras el progresismo latinoamericano se planta firme y dialoga de pie, exigiendo un orden multipolar y reglas claras, la derecha continental se arrodilla, cheque en mano, suplicando ser aceptada como el capataz eficiente de la hacienda. Unos defienden la civilización; los otros, ansiosos, financian la barbarie.

Jean Flores Quintana. Analista. Santiago. 1/2/2026. Lo que Donald Trump acaba de perpetrar en Davos no es una propuesta diplomática; es un golpe de Estado corporativo contra la Humanidad. Al anunciar su “Junta de la Paz” como reemplazo de la ONU, el magnate no solo busca demoler la arquitectura jurídica de la posguerra, sino que ha puesto precio a la silla donde se deciden los destinos del mundo: mil millones de dólares.

Esa es la tarifa de entrada. Mil millones para sentarse en el “Directorio” que pretende gobernar el planeta.

Hay que leer este movimiento con frialdad. Que Estados Unidos tenga que cobrar entrada para mantener su club de amigos no es una demostración de fuerza; es el síntoma terminal de su decadencia. El imperio ya no puede liderar por consenso, ni por autoridad, ni siquiera por miedo. Solo le queda la lógica del portero de discoteca: pagas o te quedas fuera. Trump confiesa que ya no tiene aliados, solo tiene clientes. Y como buen empresario en bancarrota, necesita liquidez urgente para sostener la ficción de su dominio.

La respuesta del mundo emergente fue un portazo inmediato. Moscú y Beijing ni siquiera consideraron la oferta; entendieron al instante que la maniobra es una OTAN privatizada, un consejo de administración diseñado para validar los caprichos de Washington sin el estorbo del veto ajeno. Pero el baño de realidad más duro para la Casa Blanca vino de Nueva Delhi. India, a quien Occidente ha cortejado desesperadamente para usarla de contrapeso en Asia, optó por un silencio sepulcral y una ausencia táctica. La negativa de India desarticula todo el proyecto: sin el Sur de Asia, sin Rusia y sin China, la “Junta” de Trump nace muerta, reducida a un gueto de potencias occidentales en crisis y sus satélites habituales.

Y es aquí, en nuestra América, donde la fractura expone miserias y grandezas.

América Latina enfrenta este delirio imperial partida en dos. Por un lado, el Bloque de la Soberanía. Claudia Sheinbaum, Gustavo Petro y Lula da Silva han salido a defender la ONU. No por romanticismo -saben mejor que nadie que Naciones Unidas necesita reformas urgentes-, sino por puro pragmatismo de Estado. Entienden que el Derecho Internacional es la única línea roja que impide que una potencia nuclear arrase con un país pequeño por un litigio comercial o territorial. Defender la Carta de San Francisco de 1945 hoy es defender la supervivencia de nuestras repúblicas. Es defender la ley que dice que somos un Estado libre y no una colonia, y que nadie tiene derecho a invadirnos solo porque es más rico o más fuerte. Sheinbaum y Lula saben que en un club donde la entrada cuesta mil millones de dólares, nuestros pueblos no son comensales; son el menú.

En la vereda de enfrente, el espectáculo es bochornoso. El Bloque de la Servidumbre, encabezado por Javier Milei, Daniel Noboa y la derecha chilena de José Antonio Kast, ha salido a aplaudir la medida con la ansiedad del vasallo. Es la geopolítica de la sumisión, pero en su versión más patética. Milei corrió a firmar como “fundador”, pero con los bolsillos vacíos: tuvo que admitir que Argentina no tiene los fondos y se acogió a la “versión de prueba” gratuita de tres años. Es la aspiración máxima del colonialismo mental: desvivirse por pertenecer al club de Trump, aunque sea aceptando la membresía de caridad, porque para ser socio del imperio se requiere capital, y ellos solo tienen obediencia

Para esta derecha, la soberanía es un estorbo. Sueñan con la “Junta” porque odian la igualdad jurídica. Les repugna que el voto de Bolivia valga lo mismo que el de Estados Unidos. Ellos quieren un patrón, un gerente general que les diga qué votar, a quién bloquear y qué recursos entregar. Kast y Noboa ven en esta privatización del orden mundial una oportunidad para blindar sus privilegios locales bajo el paraguas de un “servicio de seguridad” imperial. Creen que pagando el costoso ticket de entrada se compran un seguro de vida, sin entender que para el imperio, el traidor no es más que un activo depreciable.

Estamos ante un momento de definición histórica. La “Junta de la Paz” es el intento de monetizar el caos, de convertir la diplomacia en una sociedad anónima donde mandan los accionistas mayoritarios.

La diferencia es ética y estética. Mientras el progresismo latinoamericano se planta firme y dialoga de pie, exigiendo un orden multipolar y reglas claras, la derecha continental se arrodilla, cheque en mano, suplicando ser aceptada como el capataz eficiente de la hacienda. Unos defienden la civilización; los otros, ansiosos, financian la barbarie.

 

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