Reconstruir sin destruir: cuando la vivienda olvida la unidad material del mundo

La oposición “personas vs. medio ambiente” es, además de falsa, ideológica. Sirve para deslegitimar el conocimiento científico y la planificación territorial, y para reducir la política pública a litigio y músculo administrativo. Pero una política de vivienda con sentido humano no enfrenta a la gente con su entorno; los reconcilia. Eso implica planificación real, evaluación de riesgos, protección de ecosistemas que amortiguan desastres (humedales, bosques, dunas), y soluciones habitacionales bien localizadas, con infraestructura, servicios y empleo. Es más lento al inicio; es infinitamente más seguro y barato a largo plazo.

Daniel Jadue. Arquitecto. Sociólogo. Santiago. 30/1/2026. Las declaraciones del futuro ministro de Vivienda, Iván Poduje, revelan un problema de fondo que va mucho más allá de un cruce retórico con la academia. Cuando afirma, con tono de ultimátum, que “si ustedes le dan más importancia a los árboles que a las personas, nos vamos a ir a juicio”, no solo plantea una falsa dicotomía; expone una comprensión mutilada de la relación entre sociedad y naturaleza. Y esa mutilación, cuando se traduce en política pública, termina pagando la gente que se dice querer proteger.

Marx lo dijo con una claridad que hoy resulta incómoda para el urbanismo de la urgencia: la naturaleza es nuestro “cuerpo inorgánico”. En los “Manuscritos económico-filosóficos de 1844” escribió que el ser humano “vive de la naturaleza” y que ésta es “su cuerpo inorgánico con el que debe permanecer en proceso constante para no morir”. No hay personas por un lado y “árboles” por otro. Todo lo que le hacemos a ese cuerpo inorgánico, nos lo hacemos a nosotros mismos. Construir viviendas en zonas no habilitadas, en cauces, humedales, laderas inestables o áreas de riesgo no es priorizar a las personas: es ponerlas en peligro hoy y mañana.

Reconstruir es urgente. Nadie discute eso. Pero la urgencia no autoriza el error. La experiencia chilena, y mundial, es elocuente: levantar barrios en zonas inundables o de remoción en masa para “cumplir metas” suele terminar en tragedias recurrentes, reasentamientos forzados y gasto público duplicado. Engels advertía, en “La dialéctica de la naturaleza”, que la “victoria” humana sobre la naturaleza se cobra su venganza cuando se ignoran sus leyes. El resultado no es bienestar, sino riesgo acumulado. Urbanizar contra el territorio es urbanizar contra la vida.

El problema de fondo es conceptual y político. Cuando la política de vivienda se concibe como carrera contra el reloj, con equipos jurídicos listos para “pasar por encima” de resguardos ambientales, se confunde rapidez con eficacia y celeridad con justicia. Marx, en “El Capital”, insistía en que la producción social debe respetar el “metabolismo” entre sociedad y naturaleza; romperlo produce crisis que luego se intentan remendar con parches y precisamente eso es lo que padecemos hoy. En vivienda, ese parche suele ser el mismo: relocalizar a las familias una y otra vez porque el territorio “falló”, porque los resguardos con las actividades forestales nunca se hicieron y porque la desertificación avanza sobre nuestro cuerpo inorganico sin contemplación. No falló el territorio; falló la decisión.

La oposición “personas vs. medio ambiente” es, además de falsa, ideológica. Sirve para deslegitimar el conocimiento científico y la planificación territorial, y para reducir la política pública a litigio y músculo administrativo. Pero una política de vivienda con sentido humano no enfrenta a la gente con su entorno; los reconcilia. Eso implica planificación real, evaluación de riesgos, protección de ecosistemas que amortiguan desastres (humedales, bosques, dunas), y soluciones habitacionales bien localizadas, con infraestructura, servicios y empleo. Es más lento al inicio; es infinitamente más seguro y barato a largo plazo.

Reconstruir respetando la naturaleza no es frenar la reconstrucción: es hacerla durable. Es entender, con Marx, que la libertad humana no consiste en dominar ciegamente la naturaleza, sino en conocer sus leyes y actuar en consecuencia. La urgencia social exige viviendas ahora; la responsabilidad histórica exige que esas viviendas no se conviertan en la próxima emergencia.

Chile necesita reconstruir, sí. Pero necesita hacerlo sin destruir. Porque cuando se sacrifica el cuerpo inorgánico en nombre de la prisa, el costo lo paga el cuerpo vivo. Y eso, lejos de ser una política para las personas, es un error garrafal.

La entrada Reconstruir sin destruir: cuando la vivienda olvida la unidad material del mundo se publicó primero en El Siglo.