El irredentismo Ártico: El movimiento de Trump por Groenlandia y la redefinición del Orden Global
El deshielo estacional del Ártico está abriendo la Ruta Marítima del Norte (Northern Sea Route) que reduciría drásticamente el tiempo y costo del comercio entre Asia y Europa, desafiando la primacía del Canal de Suez, el Estrecho de Hormuz y el Canal de Panamá. Quien controle Groenlandia controla un punto clave para esta arteria logística del futuro. La estrategia de Trump es multifacética y calculada, siguiendo un patrón similar al observado en Venezuela. Se ofrece una compra directa. Se mencionan cifras simbólicas de hasta 100,000 dólares por cada uno de los aproximadamente 56,000 habitantes groenlandeses, un cálculo que saldría regalado comparado con el valor estratégico. Trump y sus aliados no descartan el uso de la fuerza. Esto genera una presión enorme sobre Dinamarca y la autonomía groenlandesa.
L. Rambaldi. Bilbao. 14/1/2026. La reciente presentación de una enmienda en el Congreso de Estados Unidos para anexar Groenlandia no es una extravagancia aislada del segundo mandato de Donald Trump. Es la materialización más reciente de un deseo geopolítico que ha persistido en Washington durante 157 años, desde los días del Secretario de Estado William Seward. Varios analistas leen esta jugada como la pieza central de un plan maestro que busca reconfigurar radicalmente el tablero mundial, aprovechando la percepción de una América herida que recurre a su músculo bruto para mantener su hegemonía.
El valor de Groenlandia trasciende su vasto territorio -con sus aproximadamente 2.16 millones de kilómetros cuadrados, es la isla más grande del mundo- y tiene una escasa población inuit, que ronda los 56,000 habitantes.
El deshielo estacional del Ártico está abriendo la Ruta Marítima del Norte (Northern Sea Route) que reduciría drásticamente el tiempo y costo del comercio entre Asia y Europa, desafiando la primacía del Canal de Suez, el Estrecho de Hormuz y el Canal de Panamá. Quien controle Groenlandia controla un punto clave para esta arteria logística del futuro. Así mismo, la isla alberga enormes reservas de minerales críticos, tierras raras esenciales para la tecnología, e hidrocarburos, lo mismo que pasa con Venezuela (y Sudamérica), Ucrania, Irán, etc. La pelea no es por territorios per se, es por recursos muy específicos.
La Base de Pituffik, situada en la costa noroeste de Groenlandia, es esencial para el NORAD (Mando Norteamericano de Defensa Aeroespacial) y el rastreo espacial estadounidense. Su existencia desde la Guerra Fría plantea una pregunta incómoda: ¿cómo invadir lo ya invadido? ¿Cómo defender un territorio donde dejaste que otro país montara una fuerza militar que no puedes combatir? La anexión formalizaría el control de facto y enviaría un mensaje inequívoco de poder.
La estrategia de Trump es multifacética y calculada, siguiendo un patrón similar al observado en Venezuela. Se ofrece una compra directa. Se mencionan cifras simbólicas de hasta 100,000 dólares por cada uno de los aproximadamente 56,000 habitantes groenlandeses, un cálculo que saldría regalado comparado con el valor estratégico.
Ahora, aunque se presenta como innecesario, Trump y sus aliados no descartan explícitamente el uso de la fuerza. Esto genera una presión enorme sobre Dinamarca y la autonomía groenlandesa.
La jugada expone y profundiza las grietas en Occidente. Mientras líderes como Emmanuel Macron (Francia) y Keir Starmer (Reino Unido) se oponen retóricamente, otros, como el canciller alemán Mertz, abogan por una postura más colaborativa con Trump. El mensaje es contundente: “La OTAN somos nosotros (EEUU)”. Europa pasa de ser aliada a súbdita financiera y militar de Washington.
Las potencias rivales no han reaccionado con una oposición frontal, lo que parece sugerir un “acuerdo tácito o explícito” sobre esferas de influencia.
Desde Rusia, Vladimir Putin lleva advirtiendo desde principios del 2025 que los deseos de anexión de Trump “deben ser tomados en serio”, recordando el interés histórico de Estados Unidos. El Ártico es zona de dominio ruso y cualquier movimiento altera su seguridad.
China, mientras tanto, navega con suavidad como suele ser su estilo. Aunque muchos señalan que la reacción lógica sería que tome Taiwán (dado el panorama internacional), esto es algo que no le convendría, ya que el gigante asiático es conocido por presentarse como un socio fiable y pacífico, y cambiar la narrativa podría dañar su economía e imagen. Sin embargo, su interés en las rutas árticas es evidente.
La población groenlandesa, en referéndums pasados, ha mostrado apego a su estatus. Dinamarca controla formalmente la defensa y las relaciones exteriores, pero su poder de negociación frente a EE.UU. es mínimo. El político groenlandés Mute Egede ha hablado de cooperar “en sus propios términos”, una postura que, en el contexto actual, suena más a una defensa débil que a una posición de fuerza.
El asalto de Trump a Groenlandia no es un capricho. Es la piedra angular de un proyecto expansionista que retoma su doctrina Monroe y la extiende del Ártico a la Antártida. Es un movimiento que busca asegurar la hegemonía en la próxima frontera geoeconómica: el Ártico, debilitar fatalmente a la OTAN y redefinir la relación transatlántica bajo términos de vasallaje y enviar un mensaje a Rusia y China sobre los nuevos límites de un mundo tripolar en formación, donde cada potencia maneja sus «áreas de influencia».
El riesgo, como advierten algunos analistas, es que este juego de alta tensión, donde un “animal herido” como Estados Unidos recurre al “golpe limpio”, pueda, ante un error de cálculo, hacer saltar la chispa de un conflicto mayor. El mapa mundi se está redibujando, y Groenlandia es el primer trazo grueso de una nueva y peligrosa era.
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