HABLEMOS DE LA TELE. Tiempo perdido

Para variar, las “noticias” veraniegas comenzaron (y terminaron) con cada vez más inocuos, débiles y intrascendentes despachos sobre hechos policiales, accidentes, desapariciones o ahogamientos, incendios forestales y otras desgracias cubiertas con la mayor indolencia y poca seriedad y responsabilidad, con magros reporteos o peores ediciones “en vivo y en directo”, acompañadas de gaffes y opiniones desacertadas e infamantes.

José Luis Córdova. Periodista. “El Siglo”. Santiago. 27/2/2025. Tras el merecido período de vacaciones es tal vez momento de preguntarnos: ¿Por qué y para qué vemos televisión? Lo primero es de respuesta más compleja y variada: por costumbre, porque todos la ven, porque hay muy otras pocas cosas que ver y/o porque hay que “saber lo que pasa”.

Todas estas respuestas merecen alguna reflexión: la costumbre puede ser un mal hábito y hasta un vicio o una adicción; la segunda es una cuestión malamente considerada social inveterada contra la cual habría que rebelarse. No es posible hacer algo porque todos los demás lo hacen.

Otra cosa es que realmente no haya nada más que hacer pero, en el campo, la playa o la montaña (en Chile o el extranjero), seguro encontraríamos algo más creativo y productivo que instalarse ante una pantalla. Y, respecto a la última razón, difícilmente quedamos “completamente informados” como afirman con desparpajo animadores, conductores y periodistas de absolutamente todos los canales.

Todo esto implicaría que no hay muchas razones valederas para ver televisión en  tiempos de veraneo o vacaciones, incluyendo las finales de teleseries de temporadas, de concursos amañados y de reality shows absolutamente prescindibles y predecibles en sus resultados.

Más complicada es la respuesta al cuestionamiento de ¿para qué vemos televisión? Probablemente consideremos que se trata de un medio de comunicación social masivo que debe entregarnos veracidad, precisión, exactitud, actualidad y proximidad.

Lamentablemente, las pautas editoriales de los canales privados (y también del “público”) nos brindan mensajes fríamente calculados por las grandes corporaciones que financian las transmisiones,  difunden campañas publicitarias con contenidos políticos subliminales, fomentan el consumismo y el individualismo inherentes al modelo socio-económico, político y cultural del neoliberalismo.

La verdad es que el tiempo dedicado a la pantalla chica durante el verano, cuando niños y jóvenes gozan de vacaciones y los mayores disfrutan de un merecido descanso resulta una genuina pérdida de tiempo.

Para variar, las “noticias” veraniegas comenzaron (y terminaron) con cada vez más inocuos, débiles y intrascendentes despachos sobre hechos policiales, accidentes, desapariciones o ahogamientos, incendios forestales y otras desgracias cubiertas con la mayor indolencia y poca seriedad y responsabilidad, con magros reporteos o peores ediciones “en vivo y en directo”, acompañadas de gaffes y opiniones desacertadas e infamantes.

La coordinación de pautas entre canales resulta de una uniformidad tan bien coordinada como infamante para desvirtuar la realidad y incentivar la incertidumbre, el falso patriotismo, la egomanía, el pesimismo y el consumismo, sobre todo al aproximarse el mes de marzo antes de iniciarse el año escolar y las actividades laborales en general.

El apagón masivo en el sistema eléctrico y la consiguiente alteración en las telecomunicaciones dieron un breve respiro a la monotonía y mediocridad de una parrilla de programación que realmente cansó y molestó a la teleaudiencia en los meses de mayor canícula cuando fue preferir salir bien cubierto con bloqueador, a cabeza tapada antes de soportar horas frente a una pantalla insulsa.

No hubo partidos de fútbol del campeonato oficial ni conciertos de artistas populares y el publicitado festival latino “más importante del mundo” en Viña del Mar parece en caída libre, sin siquiera considerar el traspiés de la tercera jornada de este año, suspendida por el masivo e inexplicable corte masivo de energía del pasado 26 de febrero.

Finalmente, hasta es bastante aconsejable y posible tener encendido el aparato de televisión sin volumen para que realmente veamos lo que ocurre, sin interferencias enojosas, pobreza de vocabulario, muletillas, reiteraciones, visiones parciales e incompletas (que no es lo mismo) y sin opiniones, conjeturas y especulaciones sobre lo que vemos en imágenes. Adiós vacaciones, bienvenida la realidad.

 

 

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